El Alto, entre racismo y romantización

Cuando por distintas razones se ataca a los habitantes de la ciudad de El Alto, se lo hace omitiendo cualquier tipo de referencia a las diferencias sociales en esa urbe: “los alteños tal…” o “los alteños cual…”. Se sobrentiende que se trata de un grupo “racial” y que, por lo mismo, sus componentes individuales tendrían en común determinaciones “naturales” sobre “su” cultura, moral, educación, etc. Así, se los piensa como una “raza” distinta, como seres biológicamente inferiores.

Decir “los paceños” no suele tener el mismo sentido, pues en este caso “es obvio” que no se “amontona” en un solo saco a los habitantes de barrios residenciales, de clase media, de barrios populares o periféricos. Se “sabe” que no es lo mismo hablar de los paceños de Achumani que de Achachicala. Esto se expresa, por ejemplo, en la diferenciación que se hace desde varios sectores entre jailones y no-jailones (que puede “fluctuar” según distintos factores). En cambio, cuando se habla de los alteños se toma sin ningún tipo de diferenciación, por ejemplo, a vecinos de Villa Adela y San Roque.

En La Paz no se ve “homogeneidad racial”, como pasa cuando se habla de “los alteños”, y los sectores más acomodados de la ciudad “ch’ukuta” se han esforzado por mantener distancia “prudente” de los paceños más cercanos (incluso familiarmente) a los alteños. Esto también se ha expresado en las identidades políticas. Así, desde la paceñidad criolla, el “otro racial”, el enemigo que ha desestabilizado el orden social en el que se encumbra la “gente decente”, está principalmente en El Alto.

Lo que pasó tras el accidente del pasado viernes 27 de febrero (2026) en El Alto no fue una “anomalía” ni un suceso propio de “una ciudad” habitada por “una raza distinta”. Fue un momento que condensó uno de los rasgos sociales a nivel planetario: obtener más dinero fácil incluso si se deja morir a otros. Lo hacen médicos, abogados, empresarios (varios de ellos se apropian de tierras), banqueros, gobernantes, etc. Y los sectores populares no son seres de otro planeta ni de “otra raza”, también expresan esos mismos rasgos, en tanto son parte de la reproducción del orden social, aunque las formas pueden variar.

Sin embargo, no es lo mismo dejar morir a gente para obtener dinero fácil siendo parte de las corporaciones empresariales, con medios de comunicación que los maquillan y jueces que los absuelven, que hacerlo desde grupos considerados de “otra raza” y que han vivido históricamente en la marginalidad. La “moral” y la “indignación” no funcionan de la misma manera para todos porque los distintos actores sociales no tienen la misma capacidad económica ni influencia de poder. Ahí están los Archivos de Epstein.

Hay otro lado en esta moneda y es la romanización que se suele hacer sobre los habitantes de El Alto. Se suele destacar casi ciegamente su “carácter revolucionario” y su capacidad de emprendimiento, incluso se los suele presentar como seres ultraterrenales, seres que vivirían al margen de los problemas mundanos. Se romantiza a esta ciudad y así se les da la espalda a “sus” problemas.

¿Cómo está la educación en El Alto? ¿Se pueden hacer trámites en su municipio sin verse obligado a dar coimas? ¿Cuánta confianza se puede tener en la policía de El Alto? ¿Qué papel juegan las dirigencias sindicales en la situación que vive esta ciudad? ¿Aporta algo la Universidad Pública de El Alto en la perspectiva de mejorar distintos aspectos de la vida en esa urbe o solo es un espacio de apariencia universitaria? La agresión que sufrió María Galindo el pasado año, al hacer una trasmisión desde la UPEA, no fue un hecho anecdótico. Fue una muestra de cómo se hace política en un espacio supuestamente académico y que es algo así como la síntesis de El Alto.

Fuente: Carlos Macusaya Cruz, enviado por un lector.

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