un mito realidad se hace historia

Despedirnos en su lecho de muerte de un colega de trabajo, de un amigo, de un compañero, hermano y maestro es muy duro, cuando todavía se espera mucho de él porque de por sí era el líder quién encarnaba esperanzas y sueños. La muerte de Felipe Quispe tiene que ser la semilla de nuevos liderazgos, de nuevas esperanzas que sigan el derrotero de los pueblos ancestrales. Pueblos que a pesar de lo avanzado, no han encontrado todavía un país suyo donde volver a morar sea una continuidad, renovada, de lo prehispánico. 

Para mí Felipe Quispe era la coherencia de vida hasta las últimas consecuencias. Coherencia que ya no es habitual en la política actual. Coherencia que sólo los grandes tienen, porque están llamados a ser los sacrificados por los demás. Vivió como un indígena más, sumido en la migración a las grandes ciudades, donde los enormes sacrificios por salir adelante son tela corriente e injusta desde siempre. Sus compromisos políticos tienen ese sello de la coherencia en Felipe. Se tragó cinco años de cárcel como consecuencia, donde como era él empezó a estudiar historia, para adentrarse en el conocimiento de esa ciencia y sus engaños como secretos. Terminó después la licenciatura, ya viejo pero joven en el combate por la vida. Ese temple era en sí mismo una enseñanza de su coherencia. 

Su radicalidad frente a mentes chatas, en realidad era la manera de lanzar batallas que muy pocos se animan en sociedades colonizadas, pigmentocráticas y rudamente conservadoras. Era directo en sus alocuciones y conversaciones, sin vueltas ni especulaciones bizantinas. Desafiante y con las palabras claras. Ni siquiera el indigenismo citadino y pequeño burgués de la izquierda logró entender esos mensajes. Incluso le combatieron con críticas infundadas, comodonas y clasistas. Esa radicalidad era su liderazgo que demostró en tantos pasajes de la política boliviana, en los bloqueos contra los neoliberales y contra las imposturas de los demás gobiernos. 

El enorme legado que deja Felipe es comparable a los Tupac Katari, a las Bartolinas Sisas. Hemos conocido a uno de los legendarios líderes, en otros contextos históricos por supuesto, que siguen la huella de los anteriores porque así está escrito, hasta lograr la liberación definitiva. Su trayectoria política y de vida ha sido absolutamente la de velar, en cada momento, por los derechos de los suyos, de los pueblos condenados por la tradicionalidad de la historia y sus pensadores.  

Su muerte es injusta, como tantas muertes injustas en esta historia conocida donde la impunidad del poder solo conoce de luchas mezquinas, de retazos del poder. Sin embargo, morir es también una manera de triunfar cuando esa batalla tiene que continuar. Él decía que muerto seguiría en la batalla. Y pues así será, porque no sería justo no continuar ese legado de grito de guerra que era Felipe Quispe. Su muerte deja tristeza, mucha tristeza, pero no tiene que dejar dudas. El maestro seguirá exigiendo como en sus clases en la UPEA, como en las asambleas, en las reuniones o tertulias dónde asistía: rendirse era la palabra que nunca estaba en su léxico de vida.  

Los pueblos andino amazónicos de estos tiempos han conocido un verdadero líder, que no sólo ha guiado a los suyos con discursos y teorías, sino con su vida misma, con el ejemplo de su coherencia entre lo que pensaba y hacía en lo cotidiano. Como a cualquier humano también podemos criticarle; pero no sobre su coherencia y liderazgo  a prueba de todo. Si bien no tendrá una foto en los salones del poder político, ya está presente en el panteón de los mitos más importantes de nuestros pueblos, eso es más importante que lo tradicional republicano. 

Felipe tiene ya un lugar en la historia, como uno de los grandes y con letras de molde. No es una idealización de él, porque ya ha pasado a ser parte de nuestros ancestros siendo un mito real, acompañando en lo cotidiano a los aymaras, quechuas, guaraníes y a los otros pueblos. La historia tradicional y sus componentes políticos nunca le rindieron homenaje en vida. No importa. Su legado trasciende precisamente lo tradicional y rutinario de los esquemas conocidos. Su legado se ha convertido en uno de los ejemplos de coherencia, de los pocos que ha tenido este país en estos años donde los derrumbes de los sueños han sido constantes. 

La trascendencia de su figura será sin duda alguna luz para las generaciones jóvenes, para las generaciones que siguen siendo esperanzas de un país más digno, de un país realmente multicultural donde los dueños de estas tierras sean en serio dueños.  

Felipe Quispe el Mallku, no vendía ilusiones y engaños sino testimonios de su vida misma, exigiendo siempre que no olvidemos de dónde venimos, para continuar con el legado de los anteriores hermanos desde el siglo XVI, que resistieron y enfrentaron a la invasión.

Fuente: Max Murillo Mendoza, en: tani tani