Aureola racial Calvo-Camacho

Las opiniones políticas y comportamientos públicos de Camacho, hoy como gobernador, y de Calvo, presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz (CCpSC), merecen una valoración por lo que representan, pero no como principales autoridades políticas de un departamento sino como abanderados de la normalización discursiva y la praxis de la violencia racial y fascista en nombre de lo que es un demócrata camba.

El racismo se ha constituido en uno de los ejes ideológicos más importantes de la ultraderecha a nivel mundial, por lo que no es un hecho ajeno o aislado, es más, representa la forma política y pública de manifestación del establishment cruceño: el exponente mayúsculo de la violencia banal.

La identidad cruceña ya no descansa en lo “camba”, pues solo es el referente simbólico. Ésta misma ahora es impuesta como proyecto de sentido común, regionalizada desde la cruceñidad. Cuando Peña Hasbún menciona que la “cruceñidad” ha sido calificada como: i) La c. un mito ideológico: elemento unificador de la diversidad cruceña que ha delegado su poder a “una instancia local suprema, el CCpSC”, que representa los intereses de la “oligarquía cruceña”; ii) La c. es la ideología que ha desarrollado el CCpSC, basada en los valores empresariales y de audacia pionera apoyada por muchas clases que se sienten identificadas con el éxito cruceño y; iii) El discurso de la c., que no es otra cosa que lo regional, considera a la “cruceñidad” todo aquello como no-colla, pues la identidad no está en función de la diferencia como cualidad, ya que lo asumen —en su imaginario ideológico— como superioridad frente al otro, desde el interior del departamento contra los migrantes collas y fuera del mismo contra los otros departamentos, principalmente el altiplano.

La “normalización” del racismo desde la construcción-imposición en lo social-cultural significa el sentido o referente de cohesión territorial donde las élites tienen el liderazgo y control de la subjetividad, y en este caso la “cruceñidad” se presenta desde las creencias y predisposición de la violencia racial internalizada en —ciertos— grupos como forma de “defensa” (¿?) contra el Gobierno y los collas que son una amenaza —en su razonamiento impuesto—.

Este campo político que no es reciente, más sus manifestaciones públicas, fueron toleradas, fomentadas, amplificadas e incluso bendecidas desde inicios de siglo, donde coincidió con la crisis del viejo Estado republicano, liberal, colonial, la huida de Sánchez de Lozada y el desmoronamiento de los partidos de derecha que los representaba en el Estado.

La normalización de la violencia racial se expresa con la organización, apoyo y financiamiento a la Unión Juvenil Cruceñista como el brazo represivo del CCpSC, como parte del establishment son jóvenes que defienden la “cruceñidad”, por lo tanto, sus acciones son legítimas y legales.

La religión como creencia, la Iglesia Católica y las evangélicas como instituciones al igual que con la invasión y el colonialismo, bendijeron la explotación, el saqueo, el exterminio, y ahora bendicen y validan espiritualmente las acciones de violencia, finalizando en defender —sin ruborizarse— a militares, policías y políticos que reprimieron y asesinaron al pueblo colla.

Indígenas marginados, excluidos y explotados históricamente, ahora algunos dirigentes, son asimilados a la estructura, pero solo de manera simbólica, son críticos e incluso enemigos de los migrantes collas a los que califican de avasalladores, son complacientes con la oligarquía agroindustrial y son tratados como la decoración cultural de la “cruceñidad”.

Los medios privados de comunicación son propiedad de los grupos de poder que representan, defienden e impulsan la “cruceñidad” como el vehículo mediático-cultural para la transformación de su sentido común: el sentido de superioridad.

El racismo y la violencia como normalidad son el anti-valor que impide a las diversidades culturales propias de nuestra sociedad continental, como diferencia cualitativa, que sean la riqueza de nuestro tiempo; por el contrario, estamos asistiendo a la exacerbación de la violencia. Bolsonaro es el ejemplo más inmediato.

Camacho, que solo aparece en los medios cuando amenaza e insulta como acto de gloria, y Calvo, demostrando, haciendo gala de su mediocridad al desinfectar el ambiente por la presencia de campesinos e indígenas en el acto de 24 de septiembre ante el aplauso y la carcajada de políticos, sintetizaron lo que es hoy a la ultra y la derecha.

El racismo es una tara del neocolonialismo. Simultáneamente es el eje por donde circula del movimiento opositor a la plurinacionalidad como discursividad y praxis para expresar superioridad como sentido de —la mal llamada— gloria.

Fuente: César Navarro Miranda en La Razón

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