El mundo secreto de la impunidad por abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes


La violencia implícita en el acercamiento de carácter sexual hacia un niño o una niña es algo que la sociedad adulta todavía no alcanza a comprender. Es como si aquellos hombres y mujeres que alguna vez sufrieron el acoso o la violación en carne propia hubieran enterrado la experiencia en un sitio tan remoto de sus memorias, como para haber borrado incluso su capacidad de empatía hacia quienes lo han experimentado después. Durante siglos, la tragedia oculta de esos crímenes ha sido el secreto mejor guardado y sus víctimas, aún cuando pueden contarse a nivel de un buen porcentaje de la población infantil, han debido enfrentar el silencio y la negación, o el castigo por tener el valor de denunciar.

He pasado muchas décadas vinculada a medios de comunicación escrita como para haber visto en primera fila cómo los reportajes y artículos de fondo relacionados con la violencia extrema hacia mujeres, niñas y niños han tenido que entrar a codazos en las salas de redacción. Un acercamiento consciente y con carácter analítico y preventivo parece haber sido considerado marginal frente a la coyuntura política, la economía e incluso el deporte; y, cuando se asume su importancia, rara vez se presenta en las primeras cinco páginas. Cuando comencé a darle prioridad en mis columnas, alguien del medio en donde las publicaba me dijo que esos no eran temas relevantes, eran “temas de mujeres”.

Al revisar estadísticas de agresión y abuso sexual es fácil comprender, entonces, por qué las víctimas deciden no denunciar y cómo desde ese momento comienza a funcionar el mecanismo de la negación. Lo primero que surge en una víctima de violación es la vergüenza -propia y de su entorno cercano- y han pasado siglos antes de que esa puerta se abriera para dejar constancia de este aberrante tipo de violencia. Sin embargo, aun cuando los textos jurídicos han incluido en sus códigos estos crímenes -después de fuertes y prolongadas luchas de quienes han creído en la igualdad de derechos entre personas de distinto sexo- todavía no existe una actitud decidida para atacarlos y castigar con firmeza a sus perpetradores, porque tampoco se ha desarrollado un criterio de justicia a nivel institucional.

De este modo, la niñez nace sin derechos. En términos generales, se encuentra sujeta -sin paliativo alguno- a la decisión y la autoridad de quienes les aventajan en edad. Sus padres, tíos, hermanos, maestros, sacerdotes, pastores, vecinos y quienquiera les puedan imponer su voluntad es un posible ejecutor de uno de los crímenes más impactantes y destructivos contra la niñez. Carente, esta, de la capacidad de defenderse frente a quien le supere en fuerza y credibilidad, se encuentra muchas veces, y en todos los ámbitos sociales y culturales, a merced de sus victimarios.  

La huella del abuso sexual en la mente de una niña o un niño en pleno proceso de desarrollo ocasiona un daño severo que se mantiene por el resto de su vida. Esa experiencia traumática, la cual muchas veces se repite durante largo tiempo sin posibilidad de resistencia por parte de quien la sufre, persiste en forma de rechazo, miedo y vergüenza, además de tener un impacto severo en la vida sexual y la visión de sí misma. El daño permea las relaciones humanas a un nivel tan profundo como persistente y solo esa cauda debería ser suficiente motivo para dar a la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes, una prioridad absoluta en la prevención, investigación y correcta administración de justicia. 

Las verdades ocultas en ese mundo siniestro y extendido en todos los ámbitos -el abuso sexual contra la niñez- son el germen de sociedades incapaces de sostener sus valores, de sociedades trastornadas por un sistema patriarcal fuerte y poderoso que las sume en el dolor y la injusticia y cuyos códigos han sido elaborados en función de un poder adulto cargado de misoginia y desprecio por este sector fundamental de la comunidad humana. 

No existirá entorno seguro para la niñez, en tanto no sea objeto del respeto que merece.

Fuente: Carolina Vásquez Araya en elquintopatio.wordpress.com

2 comments

  1. Hermana, realmente es horrible. No hay instituciones, que ofrecen casas de acogida con servicios psicológicos, de educación, de trabajo…
    Lamentablemente llevan adelante solamente estadísticas para saber el peligro que corre la víctima: insultos, pegada, pegada con algo, en estado de ebriedad, repetidas veces… Es un asco.
    Aún así: HERMANA, ¡DEBES DENUNCIAR!
    A continuación algunos contactos de apoyo:
    Mujeres Creando
    Tel. 22413764, Avenida 20 de octubre 2060, una media cuadra más arriba de la Aspiazu. mujerescreando.org o m.facebook.com.
    Atienden a mujeres víctimas de violencia familiar desde las 9am hasta las 12 y a partir de las 15 hasta las 18pm. Recomendable: hay que hacer fila una hora antes de la atención de la mañana o de la tarde. Ofrecen ayuda judicial gratuita, contacto psicológico y TE TRATAN BIEN.
    SLIM UMSA
    Es una institución de la UMSA, donde egresadxs hacen sus prácticas. Existe en La Paz, Achocalla y Laja.
    Contacto: SLIM-UMSA, 6 de Agosto, entre Aspiazu y Guachalla, Ed. Hoy, último piso, subiendo unas gradas más…
    Fundación PRO MUJER
    Línea gratuita de atención en violencia 800 10 2414 o 800 10 37 00

  2. Artículo correcto. ¿Pero PARA QUÉ NOS SIRVE???? “Socializan” la ley 348, la cual nos explica nuestros derechos como mujeres y lo que es la violencia familiar. ¡Bien!
    Y ¿qué hago? ¿Existe alguna instancia que me pueda solucionar mi sobrevivencia? Sin el hombre que nos maltrata.
    ¡No hay nada!!!!

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