La hora de Murillo

La mañana del 13 de noviembre, horas antes de ser designado ministro de Gobierno, Arturo Murillo mostró una cara implacable contra los detractores del gobierno recién instalado, por quienes dijo que saldrá en su cacería: “Esas personas que empiecen a correr, porque los vamos a agarrar”.

A partir de entonces no se le recuerda más que por su soberbia, sus constantes amenazas y su circunstancial poder detrás del poder de Jeanine Áñez.

Su papel más nefasto se develó horas después de la masacre de Sacaba, el 15 de noviembre de 2019, cuando dijo que los manifestantes se mataron entre sí. Repitió ese relato después de la segunda masacre, en Senkata. Sobre este hecho, su colega de entonces Roxana Lizárraga contó que a él no le importó la represión con muertes y que protestó por que lo hayan convocado a una reunión de emergencia “por cinco muertos”. “Nos agitan”, había dicho, en un claro desprecio por la vida.

Acusó a medio mundo de sedición, causó temor, acusó sin pruebas de secuestro de una bebé a una ciudadana, presionó la Unidad de Investigaciones Financieras (UIF) para filtrar información reservada, entre ellas la del ahora presidente Luis Arce, de políticos y periodistas, y fue el factor clave en nombramientos y destitución de autoridades, cuyos ejemplos fueron el de José Luis Parada y Óscar Ortiz, a su turno ministros de Economía de Áñez.

Ahora denunciando persecución, es difícil creer que tenga la osadía de hacerlo. Hizo todo eso desde su despacho y su poder, sin que pudiera ser denunciado; un llamativo cerco mediático le ayudó a pasar como un ministro pacifista, un hombre de leyes o demócrata.

Huyó del país incluso dejando en el abandono a Áñez, a quien prometió acompañarla hasta el final. Se fue a Estados Unidos de la manera más clandestina, con la ayuda de su director de Migraciones, días antes de terminar sus funciones y la de su régimen.

Ahora, desde su zona de confort y con sus redes sociales a la mano, denuncia persecución, acusa a diestra y siniestra e insulta de “mocoso” al ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo.

Sin embargo, su hora parece haber llegado. A diferencia de la lentitud con que trabaja el Ministerio Público, al que se le puede tildar de todo, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos — una agencia extranjera fuera de sospecha de parcialización— acaba de dar el batacazo para despejar todos los prejuicios del caso que involucra al exministro.

Encontró conspiración, sobornos y transferencias irregulares en la compra de material antidisturbios durante su gestión, con los que argumentó la detención del exjefe de gabinete y hombre de confianza de Murillo, Rodrigo Méndez. Murillo y su entonces colega de Defensa, Luis Fernando López, están implicados en el caso que investiga el Ministerio Público, que en enero emitió la imputación para ambos.

Las investigaciones de la agencia estadounidense destruyen la tesis de persecución política; al contrario, denuncian “causa probable” contra un “alto rango” del Ministerio de Gobierno y un “co-conspirador II” del Ministerio de Defensa de Áñez.

Es posible inferir de quiénes se trata. Dichas investigaciones encontraron la punta del ovillo, y Méndez es el primer acusado.

En Bolivia, ante la noticia que devela otro escándalo del régimen de Áñez, la clase política no tuvo otra reacción que de repudio contra Murillo.

Era posible que el oficialismo aproveche la ocasión para tratar de hundir en descalificaciones a Murillo, pero fueron antiguos aliados de la administración transitoria los que se sumaron a la protesta.

El gobernador Luis Fernando Camacho exigió al gobierno de Luis Arce tramitar la extradición de los implicados en el caso, entre ellos Murillo. Y el exministro de la Presidencia Jerjes Justiniano desahució que en el caso hubiera persecución y pidió también la extradición de su otrora colega.

Ambos respaldaron, al menos al principio, al gobierno de Áñez; compartieron con Murillo la miel del poder y también se bañaron con los aplausos de las facciones que derrocaron a Evo Morales.

Pero ahora la historia parece mostrar el lado B del relato que dominó 2020. Y en ese lado poco difundido en los medios, Murillo no está mejor parado que en los casi 12 meses de ministro.

Fuente: Rubén Atahuichi en La Razón

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