Tiempos recios en Perú

A continuación publicamos un artículo del New York Times, un periódico lejos de cualquier fama de izquierda. Lo hacemos en nuestra página, pues, ya conocemos el grito del «fraude» y sus posibles consecuencias. Pedimos disculpas a nuestrxs lectores por algunos exabruptos del autor… ¡Fuerza! hermanas y hermanos del Perú.

“Élite de Perú en pánico ante la perspectiva de una victoria de la extrema izquierda en la elección presidencial”, tituló el Financial Times su nota sobre las elecciones peruanas. El periodista llegado de Londres captó rápidamente la característica principal de la elección del domingo 6 de junio. En mi vida adulta nunca había visto una elección así de reacia a los argumentos y guiada por la voluntad de infundir miedo en la sociedad peruana.

El resultado de la elección es todavía incierto. Está claro, en cambio, que el miedo y la desconfianza han ascendido a otro nivel tanto en el sistema político como en la sociedad peruana. Y ahora el peligro de que los recelos se desborden en un conflicto político de gran escala debe ser conjurado.

Comencemos con lo evidente: los dos candidatos que llegaron a segunda vuelta asustan. Pedro Castillo postuló con el partido Perú Libre, cuyo ideario promete, sin rubores, un régimen leninista, y hemos oído a sus líderes afirmar que llegarán al poder para eliminar la alternativa democrática. Keiko Fujimori, por su parte, reindivica la dictadura corrupta de su padre, Alberto Fujimori (1990-2000), y en los últimos diez años lideró Fuerza Popular, un partido cuyo compromiso más estable ha sido combatir el Estado de derecho.

Como era natural en cualquier pueblo razonable, el peruano no fue seducido por semejante par. Pasaron a segunda vuelta con votaciones mínimas gracias a una fragmentación inédita: Castillo obtuvo 18,9 por ciento y Fujimori 13,4 por ciento.

Pero ahí terminó lo razonable. En una situación extraña en un sistema de segunda vuelta, ambos rechazaron la democrática tarea de moderarse, negociar o generar compromisos sustantivos en vistas de convencer a cerca del 70 por ciento del electorado que no les había votado. Mostraron la arrogancia de la inmoderación. O realizaron compromisos de papel traicionados en los actos. Por las ideas y personas con las que no deslindaron, los peruanos parecíamos obligados a preguntarnos: ¿Cuál de ambos tiene menos opciones de tiranizarnos?

Lamentablemente, la ciudadanía no encontró un sector político independiente capaz de poner condiciones estrictas a los candidatos. Más bien, la izquierda limeña de Verónika Mendoza y sus técnicos mostraron entusiasmo incondicional por Castillo y, enfrente, los Vargas Llosa y afines hicieron lo propio con Keiko Fujimori. Dos candidaturas mediocres y peligrosas se convirtieron en proyectos limpios de dudas.

Y, acto seguido, a la sociedad se le inyectó la política del terror. El fujimorismo planteó su compaña a partir del miedo al comunismo y terrorismo, que estaría representado por Castillo. Buena parte de la sociedad fue pastoreada al pánico. Si a mediados de abril oía a políticos, empresarios y ciudadanos afirmando que votarían por Fujimori con disgusto, a mediados de mayo ella resultaba la encarnación de la libertad. Y, como consecuencia, quien era “mal menor” se transformó en salvadora providencial. Esta transformación no es un sinsentido. Si te aterrorizan, quien te salva de la extinción es un personaje reverenciado.

Quienes utilizaron de manera más alevosa la política del miedo fueron el campo fujimorista, las clases altas y los grandes medios de comunicación. Empresarios amenazaban con despedir a sus trabajadores si Castillo vencía; ciudadanos de a pie prometían dejar sin trabajo a su servicio doméstico si optaban por Perú Libre; las calles se llenaron de letreros invasivos y pagados por el empresariado alertando sobre una inminente invasión comunista.

A este comportamiento antidemocrático, se sumaron los medios de comunicación. Sobre todo la televisión exhibió una parcialización propia de regímenes autoritarios. Destrozando las normas electorales, los programas se convirtieron en espacios de simulada o abierta propaganda fujimorista. Hasta la periodista política más influyente del país entrevistaba a figuras públicas y personajes de la farándula que reiteraban de manera machacona los mensajes apocalípticos. Es decir, para salvar la democracia la indujeron al coma. Y Keiko Fujimori lució encantada. Aun cuando tenía esos apoyos garantizados, no les llamó la atención.

Este comportamiento grotesco —hasta los propios periodistas del canal más importante lo alertaron— engendró una nueva pregunta en la ciudadanía ante la segunda vuelta: ¿Debo votar por quien promete un autoritarismo o por quien ya comenzó a construirlo? Así, en los días previos a la elección, miles que anunciaron que iban a votar nulo para mostrar su disgusto con ambos proyectos, cambiaron su voto a Castillo, por lo cual el voto nulo se redujo significativamente.

Lo paradójico es que el pánico en las clases altas y medias se incrementaba mientras Castillo mostraba una precariedad infinita. Como expresó el politólogo Steven Levitsky, se trata de un político inexperto que ni siquiera tiene un plan real en caso de ganar. En algunos debates no conseguía llenar los dos minutos que disponía para disertar sobre algún problema nacional. Tiene más sentido anticipar el caos que producirían sus carencias políticas que la consolidación de una tiranía.

Ahora bien, un pánico macartista de esta envergadura —como el que Mario Vargas Llosa expuso magistralmente en su novela Tiempos recios— no se inventa en una elección, solo es posible si exhuma un terror profundo.

El miedo al precario Castillo no es electoral únicamente, se teje sobre la secular angustia limeña frente a “la indiada”; una muchedumbre apostada allá lejos en la sierra que les resulta tan incomprensible como amenazante y que, en esta circunstancia, podría poner el mundo de cabeza derrotando al Mónaco limeño (Hugo Neira dixit). Si al lector extranjero esto le resulta abstruso sugiero que vaya a Netflix y vea El último bastión, serie que narra la Independencia peruana hace doscientos años.

La estrategia del terror pronto mostró sus límites en las encuestas. Entonces, el fujimorismo acudió a otro viejo conocido: el populismo económico. Prometió bonos con alma de sobornos. En las zonas mineras (donde Fujimori era rechazada), por ejemplo, entregarían a las familias las ganancias generadas por dicha actividad. Al final, todas estas zonas han rechazado masivamente al fujimorismo.

En resumen, la campaña electoral desenterró los temores de las clases altas y medias, así como el carácter autoritario del proyecto fujimorista. Incapaces de comprender y persuadir al Perú, optaron por aterrorizarlo y prometerle bonos como quien lanza huesos a una jauría inquieta.

La democracia peruana llegaba a esta elección herida tras un quinquenio turbulento con cuatro presidentes. Ahora, el viento del miedo ha soplado sobre esa construcción precaria. Habrá que recordar a Martha Nussbaum: en política, el miedo es el sentimiento que reclama controlar a la gente, no liberarla. Con el miedo se erige la opresión; las democracias con la confianza.

Pero las élites políticas, empresariales y mediáticas decidieron sembrar miedo. Hoy, como producto de este clima, se grita fraude aunque observadores internacionales reconozacan la limpieza de las elecciones; se propondrán manipulaciones arbitrarias de la Constitución para favorecer o dificultar la presidencia de quien resulte elegido; no faltará quien convoque a los militares; y, todo esto, a su vez, radicalizará a quien sea el oponente.

Sin embargo, la política es, entre otras cosas, el arte de evitar despeñaderos. Y para evitarlo hay algo esencial que todas las partes deberían interiorizar: nuestra democracia nos da las armas para impedir un proyecto autoritario. Si presas del miedo todos nos convencemos de que seremos encadenados por cualquiera de los dos candidatos, terminará ocurriendo.

El tino debería llevarnos a constatar que ni los votantes de Fujimori son una masa de corruptos antipatriotas, ni los de Castillo unos comunistas antiperuanos. Somos, eso sí, una ciudadanía apaleada por la pandemia como ninguna otra del mundo. Un país marcado por deudas y deudos. El momento requiere de una grandeza y humildad que estos candidatos y sus aliados no han mostrado pero que deberían estrenar, gane quien gane. Fujimori y Castillo difícilmente le hubieran ganado a ningún otro candidato, uno de ellos estará en la presidencia como fruto de un gran azar. Ahora deben desterrar el vocabulario del fraude y del golpe de Estado.Un país diezmado y de luto por la pandemia necesita la esperanza de poder remar todos juntos.

Fuente: Alberto Vergara es profesor e investigador en la universidad del Pacífico, Lima, en https://www.nytimes.com/es/

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